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Busco nana

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Busco nana

Desde que fui mamá y desde que tuve que buscar una nana que ha permanecido con nosotros por más de cinco años, de vez en cuando recibo preguntas de embarazadas acerca de cómo empezar esta búsqueda.
Me acuerdo de mí misma sin panza cuando no imaginaba una nana en mi vida. Y recuerdo que cuando estaba embarazada busqué yo misma el consejo de una reciente mamá en mi trabajo, a quien le pregunté desde cuánto pagas, hasta horarios y beneficios. Y confieso que me sirvió tremendamente.

Hoy, cuando alguien me pregunta me acuerdo de que yo tampoco sabía por dónde empezar, y por eso me atrevo a comentar algunas variables que podrían orientar a las mamás que buscan ayuda para cuidar a la persona más importante.

Hay que entender que no hay opción correcta, o no hay mejores opciones. Cada madre, cada bebé y cada dinámica familiar tienen una fórmula distinta con diferentes dosis de elementos. Así como mi dieta y mi régimen de ejercicios puede no convenirle a mi vecina, pues mi dinámica con la nana no tiene por qué ser la misma que la de mi hermano con la suya.

Empieza por preguntarte si realmente necesitas una nana o si puedes resolverlo con una guardería. Esta es un opción de algunas personas que conozco y les va muy bien porque versus el cuidado en casa de un bebé, sobre todo para los primogénitos, la guardería representa una sociabilización que entrega algunos beneficios como independencia y aprendizaje de algunas reglas de comunidad. 

Muchas guarderías tienen cámaras que se pueden monitorear en tiempo real. Es interesante también porque delimita claramente el tiempo en que la mamá o el papá deben estar desocupados, es decir, te saca de la oficina, cosa que cuando tienes un bebé, es positivo. 

Y bueno, la guardería tiene varios otros etcéteras que sería cuestión de explorar cuando el momento de la elección se encuentre cerca. 

Y como la escolarización, querámoslo o no, es temprana, se estima un paso por este lugar de aproximadamente 3-4 años. Ojo, no soy educadora ni psicóloga, soy mamá.

Y luego nuestro el desglose de variables en función a la contratación de una nana:

Qué tipo de horario prefiero? Cama afuera o cama adentro? (Y más allá de que la necesidad de una nana pueda estar en cuestionamiento, al vivir en una sociedad donde ponemos hijos en nuestro camino y los tiempos de los padres y niños no concuerdan más que nada, días de semana) resulta que la necesidad es real sobre todo, cuando la madre trabaja fuera de casa.

Entonces, la elección va en función a cuánto tiempo quiero tener a una nana en la casa, la voy a necesitar realmente tantas horas, quiero que siempre duerma en casa? Tiene ella familia? Si tiene familia lo más probable es que lo mejor sea que no se quede a dormir. 

Y otra variable relacionada es el tamaño de la casa. Si es un depa chico, por más que necesites una persona de ayuda cama adentro, es complicado para todos. La libertad, mientras más pequeño el espacio, más extrañada es. Yo me imaginaba desde caminar por casa como Dios me trajo al mundo o pelearme tranquila con mi esposo, cuando se requiera, entre otros temas, que difícilmente podría concretar al 100%.

Y en relación con este punto, es importante la flexibilidad que podríamos pedirle a la persona que nos va a ayudar, cosa que debe tantearse o preguntarse el día de la entrevista. O sea, es factible siempre tener soluciones puntuales de que se quede a dormir si es que no suele dormir en casa. Con una paga adicional acordada previamente y la fecha también conversada, una nana cama afuera podría ayudarnos esa noche que necesitamos salir, o por esa enfermedades que nos mandan a la cama por dos días, por ejemplo.

Es básico tener en cuenta que así como podemos pedir flexibilidad, nos la pueden pedir también a nosotros. Es decir, como en nuestros trabajos, es bueno tener en cuenta que también necesiten horas o días libres para resolver temas puntuales como salud, familiares, etc. lo digo por si acaso.

Luego tenemos los horarios de trabajo diario. Cuando se trata de cama afuera, es importante visualizarnos como madres y preguntarnos si es que vamos a necesitar que llegue 7 am? 8 am? Hasta qué hora? Y los sábados? Hasta las 2 pm? O sin ellos?

Mi decisión, si es que sirve como ejemplo, fue sábados hasta las 2 pm, porque al ser una mamá que trabaja, los sábados sirven para estar en familia, pero también para aprovechar ir al banco, a la peluquería, hacer deporte, a la costurera, o lo que sea que vayas a necesitar. Es un alivio tenerlo.

Además, hay un punto importante cuando se busca una ayuda de este tipo. Existen nanas que solo son nanas (como si fuera poco), y hay también nanas que pueden ayudar en hacer algunas tareas de la casa, como cocinar. Esto ya depende de la comodidad de todos los involucrados y probablemente de si existe la posibilidad de tener ojos extras como los abuelos por ejemplo. Cuando se llega a un acuerdo con una nana que hace algo más en la casa, es cuestión de establecer si se dará un pago adicional. 

Sobre los beneficios que debe entregar todo conforme a ley: seguro de salud, pensión, gratificación, CTS, y vacaciones.

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Una serie de eventos desafortunados (cuando la realidad sobrepasa a la ficción y a la fricción)

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Una serie de eventos desafortunados (cuando la realidad sobrepasa a la ficción y a la fricción)

En la vida de una familia, como en todo, de vez en cuando las situaciones nos retan. Unas más que otras.
Resulta que a finales de agosto empezaron a acontecer una serie de eventos desafortunados, como la película esa que no he visto. Y acá voy a comenzar a enumerar, mientras tengo mis audífonos de música Relax de Spotify intentando darme creatividad para maquillar la lista ridículamente tonta e irrelevante, que por solitario podríamos reírnos, pero que si juntamos, tal como nos está sucediendo, causan estrés, nos prueban día a día, nos hacen sentir como en The Truman Show, donde yo soy Truman pero sin show, sin reality, sin espectadores.

Y acá va como primer acontecimiento desafortunado, ese que relata cuando la nana sale de casa un día cualquiera, un lunes cualquiera, esos de los que ni merecen existir, y lamentablemente mete la pata. Literalmente. En uno de los baches que la construcción de al lado ha dejado al libre albedrío de cualquier despistado, como para que metas la pata bien, que te la dobles, y te fisures el peroné, como le pasó a ella. Finalmente no es nada grave. Su lesión pronto sanará y todos nos reiremos juntos de esto, mirando al pasado con una copa de vino blanco en la mano y comiendo trufas de chocolate.

Lo que es grave es mi mente y todo las malas vibras que debo haber enviado en ese momento a la construcción, su ingeniero, a quien otorga las licencias municipales y todos sus familiares.

Siguiente escena: caos.

Luego, nos calmamos, respiramos, pensamos. Gracias a Dios somos aún seres pensantes. Y bueno, luego de que la nana fue al doctor, obtuvimos un yeso y descanso médico que esperamos acabe algún día!

Ya con esto, que nos saca ligeramente de nuestra zona de confort, empezamos a hacer malabares para cumplir con el colegio, el trabajo de ambos padres, y los cuidados que el niño merece. Vamos bien, sobreviviendo. Ya. Está bien. “Qué exagerada eres” puedes estar pensando. “Qué tanta vaina para eso quieres hijos”. Ok. De acuerdo, siempre he pensado que uno y una familia debe poder demostrarse a sí mismos que uno puedo solo y sin ayuda porque no hay mayor cosa que una buena coordinación no pueda hacer.

Ok. Seguimos.
Segundo acontecimiento. Justo cuando empezábamos a acomodarnos a la idea de que no teníamos a la nana por varios días, resulta que se mete un bicho atrevido y des ubicado al oído de mi hijo y nos golpea con una otitis. Mala noche, visita al doctor, desorden de rutina, etc. No importa. Seguimos. Lo bueno es que no hay nada grave y que se recupera rápido.

Tercer acontecimiento y no por ello menos importante, el ascensor se malogró. Y no es que anecdóticamente alguien se haya quedado dentro y cuando lo rescataron pudimos seguir usándolo. No. No funciona. Usa las escaleras por siempre y para siempre. 5 pisos más un sótano. Positivamente pienso que hago más ejercicio. Siempre, menos cuando bajo al carro a buscar un domingo a las 7 de la mañana la mochila de Transformers y llego al sótano y no tengo la llave. Ahí deja de ser deporte para ser un evento desafortunado. Uno más.

Y en el camino, entre idas y venidas, entre días y noches atareadas, agotadoras pero muy simpáticas en la intimidad de una familia de tres que disfruta su casa desordenada pero feliz, aparecían ciertos síntomas de la otitis, por ejemplo, que íbamos poco a poco controlando. Se iba manejando todo bien. Y justamente un viernes en la noche, cuando estábamos a punto de relajarnos, de disfrutar de una noche tranquila sin prisas, apareció uno de los hechos que me remontó a mi niñez. 

Sacó de mí ese estrés maligno de cuando las profesoras del colegio me miraban mal, con cara de que yo era una delincuente. Ese estrés y culpa que me hacía decir “mamá, no quiero ir al colegio” y peor aún: “mamá llévame a cortarme el pelo”. Hoy me río. Hoy pienso en qué paupérria inteligencia  emocional de dichas profesoras. 

Y bueno, a qué lleva todo esto? a que los piojos llegaron a mi vida, a mi familia. A mis sábanas, a mi ducha, a la cabeza de mi hijo. Otra vez más, CAOS. Y la acción fue inmediata. Mi esposo cogía una linterna y yo las tijeras. Hasta que empezamos a razonar. Él buscaba por internet, yo en la cabeza de mi hijo. Él usaba la linterna para buscar mejor mientras mi hijo dormía y yo preguntaba al pediatra y me comunicaba con las mamás del colegio. Muchas me dieron calma. Me ayudaron a no sentirme una marciana, a no sentirme Tarzán en la ciudad. A no sentirme el tío Cosa infectado en una pasarela  de Milán. Y Luego yo me quedaba dormida.

La mañana siguiente fue maratónica. Compré shampoo anti piojos. Lo apliqué en el pelo de mi hijo, en el mío. Mi esposo también lo hizo. Busqué y rebusqué. Saqué toda la ropa de cama, toallas, pijamas, peluches. Los puse en la cola de la lavandería de mi casa, que es enana, para lavarlos en agua caliente poco a poco.

Escribo todo esto y me agoto. Y luego mi cuerpo creo que brotó con un llamado de estrés porque me dio dolor de cuello, de cabeza, de garganta. Y luego ya me curé. Continúo aplicando el shampoo en mí, más de la cuenta, más de lo que dicen las instrucciones. Pero no quiero perder más pelo del que ya perdí. En cuatro días debo volver a aplicar el shampoo en todos. El peine. Lavar todo. Otra vez.

Con este y todos los acontecimientos desafortunados me despido. A punto de pasarme el huevo, bañarme en ruda, tocar madera.

Imagen de favim.com 
 

Nuestro día de suerte

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mi día de suerte

Hoy el tráfico ha estado terrible.

O sea, me levanto muy temprano para ir a hacer deporte hasta las 6 am. Luego regreso y ya estoy muy despierta para alistarme a mí y a mi hijo de 4 años para ir al colegio. Pero algo en mí dice que debe acabarse la leche de almendras (porque claro, se la he preparado yo). Entonces, la taza de Mickey debe quedar vacía. Y como tiene él mucha paciencia, demora y demora y yo solo veo el reloj sonrientemente y le digo “apúrate”.

Pero a la vez pienso, si se acaba de levantar, por qué tendría que tomarse la leche de almendras tan rápido? Entonces, como Peppa y George nos acompañan en la mesa, nos reímos un rato los cuatro. Y sobre todo, cuando que George solo dice “Dinosaurio” como respuesta a las preguntas más importantes.

 

Y llega el momento de salir. Entonces apuramos el paso y subimos él, yo y los diversos paquetes al carro: mi laptop, mi cartera (que pesa), a Peppa, a George, la lonchera del colegio, el bolso del libro de la biblioteca, el termo del jugo de frutas. Y con todo eso y el cinturón puesto, salimos al colegio.

Ponemos música, claro, para relajarnos. Respiro con el abdomen, de manera profunda, como en el yoga, para estar lo más tranquila posible. Tanto así que cuando llego al punto medio del camino y los carros no avanzan y además decido tomar el peor camino, nada pasa! Seguimos enteritos los 4. Incluso cuando Waze no reacciona, todo tranquilo! Porque es miércoles de Semana Santa y es como si fuera viernes. Entonces voy advirtiendo al pasajero más lindo que probablemente (aunque dentro de mí lo aseguro), vamos a llegar por la puerta de vidrio, donde llegan los niños que pasan las 8:00 en punto. Donde la otra profesora los lleva al salón. Esto para que vaya asumiendo que no tendremos despedida romántica en la puerta del salón.

Y cuando todo parecía estar ya perdido, pero siempre con una sonrisa, el Señor del cielo nos bendijo dejándonos abierta la otra puerta. La de los niños que llegan temprano, caminando, con sus papás, relajados, sin correr. Y es recién cuando entramos al colegio y nos damos cuenta de que la luz en el túnel todavía existe, cuando mi hijo me dice “mamá, chócala” (o sea give me five!). Qué felicidad! Es nuestro día de suerte! Entonces, tuvimos la hermosa oportunidad de estar cinco minutos más juntos, de hacer pila en el baño (él, porque yo luego sufrí un poco), de lavarse las manos, de abrazarnos en la puerta del salón mil veces y de decir “que te vaya lindo hoy”.

Hemos prometido que luego de los días libres, este niño se levantará un poquito más temprano, para no tener estos estreses locos y matutinos.

Contar lo que me pasó de regreso, que necesitaba hacer pila en el tráfico yendo al trabajo, no es nada! Cero preocupaciones, porque todo salió bien.

Es el fin de los tiempos?

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El otro día estuve conversando con una chica que es mamá de dos niños y me contó de su loca filosofía, un poco radical para mi gusto, pero le funciona.

Su idea es que no quiere a nadie que cuide de sus hijos porque primero, no quiere que nadie los toque. Y segundo, porque cree que el mundo cada vez está peor y que es justamente porque mucha gente ha sido criada por personas que no son los padres.

Qué temita no?

Polémico? Un poco. Sensible? Bastante.

Refleja la sociedad en la que vivimos? Yo creo que sí. Pero siento que nada es tan radical. No tiene por qué ser tan blanco o tan negro.

Igualmente, la decisión de tener una niñera o nana o persona que ayude con los bebés o niños debería, creo yo, ser un tema analizado y pensado donde cada familia llegue a la mejor opción posible. Lo que creo que no debería ser jamás es un tema impuesto y mucho menos automático.  Y sobre todo, lo que no debería lograr jamás es dependencia.

Bueno, yo no tengo por qué juzgar nada de esto. Pero creo que no se trata de copy-paste del vecino ni asumirse en una situación de desventaja personal a priori.

Simplemente siempre hay que analizar. Saber si es lo mejor o no, para todos, para el bebé o el niño , para los papás y para la niñera.

Mind re-set 

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Acabo de publicar lo que se siente cuando dejas a tu hijo al irte de viaje de trabajo (sentimiento un tanto distinto a cuando te vas de vacaciones). 

Pero ahora va la segunda parte que confiesa el lado “oscuro” de una madre. Ese lado de placer de poder estar 100% sola. No tener que estar pendiente de nadie más que tú y que tu única estúpida preocupación sea que te hagan bien el housekeeping.

Abrir el ojo, ir a correr al gimnasio por una hora completa sin cargo de consciencia, tomar desayuno y que alguien más lo prepare por ti, son solo dos pequeños detalles que no requieren nada de extraordinario. Pero lo disfrutas porque te lo mereces, sin que sea ningún trofeo de nada.

Y más allá de eso, el mayor de todos los placeres de estar sola en un cuarto de hotel es dormir como te plazca, en la posición que te dé la gana y las horas que te provoquen ininterrumpidamente. 

Tener la responsabilidad de criar a un hijo es lo mejor que me ha pasado, pero un break de una semana es válido y te refresca la mente, el cuerpo y el sueño. Y el sueño en todo nivel porque hasta he recordado episodios con cocodrilos (justo la noche que tuvimos una cena con la gente del trabajo y nos invitaron “aligator”) esta semana, cosa que había perdido en estos últimos meses.

Pero siempre el placer trae consigo dolor, dicen… (He leído y escuchado). Y mi dolor, gracias a Dios totalmente llevadero y nada grave, empieza con los días y horas finales del viaje. Empiezo a contar los minutos y el placer del sueño se va, y deja de ser profundo para despertar cada dos horas con la angustia de que no me deje el avión. 

Solo falta 1 vuelo. 

   

A un vuelo 

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Cuando una viaja por trabajo y deja al hijo en casa es difícil. No imposible claro. Pero sientes que dejaste una gran maleta importante que no puede venir contigo en el avión, ni a las reuniones, ni al hotel, ni a los almuerzos ni a los paseos que podrías tener en el tiempo libre.

Entonces, es como si tu maleta principal se quedó con lo mejor de tí y sientes que lo que te queda es vivir de la mejor manera, con la mejor actitud, pero incompleta. 

Y claro, como eres una mamá responsable y lo más organizada posible tu hijo está en la mejor compañía y en las mejores manos. Y como profesionalmente todo está bien, lo disfrutas. Pero ves el calendario y vas marcando día a día mentalmente. Contando las horas. Escondiendo el sentimiento de culpa. Llamando por teléfono, deseando tener suerte de que el pequeño quiera hablar y de pronto obtienes un “mamá, no me llames, estoy viendo televisión”.

Y en la sala de embarque te empiezas a encontrar con mamás con hijos por todos lados. Le sonríes a todos obviamente. Quieres ya al tuyo. 

Y los dejo. Hora de embarcar.  

 

Han jugado “yo nunca”?

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Yo nunca voy a darle el desayuno a mi hijo en el carro mientras lo llevo al nido (salud por eso).

han jugado yo nunca una mamá loca

Claro hija, esto sucede por intentar muchas cosas a la vez, como ser una mamá medianamente responsable, trabajar fuera de casa, tener un estilo de vida ligeramente saludable (léase intentar correr 3 veces por semana) y por último pero no menos importante, hacer un MBA.

A esto le añado la necesidad de mantener las relaciones amicales, familiares y demás (como que también estoy casada, detallito eh?). Entonces por supuesto que whatssappear necesita una inversión de tiempo. Gracias al cielo estoy desarrollando reflejos mientras manejo.

Entonces a qué quiero llegar? A que una nunca puede decir ese famoso “yo nunca” porque ya voy acumulando más de uno.

Este con el que inicio este post es solo uno, que me jode, porque siempre me aluciné la mamá perfecta, que se levantaría temprano para preparar el desayuno y levantar al niño, con tiempo, para no correr, no hiperventilarase ni atorarse con los rompe muelles. Pero no, la realidad es que la perfección como la tengo en la cabeza no funciona. Es incompatible con la vida.

Entonces, a replantear la vida, la perfección, y la manera de tomar el desayuno.