Archivos Mensuales: septiembre 2016

Uno de los posts más egoístas que escribiré (soy tía)

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Tengo guardado en mi ese sentimiento de ser madre hace casi 5 años. Ese de tener en mi vientre un bebé que nació de mi, de mi cuerpo, mi sangre, mis células. Sensación que tengo insertada en mí todos los días de mi vida en cada actividad que realice sea donde esté. 

Lo que no tenía, lo que me faltaba, lo que ignoraba por completo era ese rol, que hasta se vuelve un sentimiento, el ser tía. Es como cuando pienso cómo éramos antes del internet.  O sea cuando no sabíamos que existía y nos creíamos seres completos en el sentido de la dependencia hacia una herramienta. Hoy confieso que pataleo antes de asumir que a veces el internet puede no dar lo mejor de sí.

Pero no me desviaré en tocar temas domésticos materiales (que by The way sin internet no podría publicar este post). Me centraré en comentar lo profundamente genial que se siente experimentar el tiazgo (si es que esa palabra existiera, no lo sé) que vendría a ser el paralelo a maternidad, en un grado menor de familiaridad con el bebé.

Pero qué tanto? Si “tía” ya era? Claro que sí, de los hijos de mis primas hermanas, De los hijos de mis amigas. Pero queridos, no seamos hipócritas, no comparemos. Lo que nunca había sido, de lo que no me había percatado antes, o lo que incluso había hasta subestimado (sí, en serio), era el tener un sobrino que me haya dado un hermano mío (era mi única opción pues sólo somos dos). Y en mi caso no es solo eso, sino también es el hijo de mi amiga del colegio. O sea, debería estar encadenada en la clínica en estos momentos no? (Confieso que estoy a punto de volver a conocer a la pequeña y decirle “hola! Bienvenido al mundo cruel, lleno de tráfico y combis, pero también de  naturaleza y gente buena”).

Y me pongo a pensar que ser tía de sangre, luego de ser madre, es como pensar en chorrear el instinto maternal que ya conozco muy bien en una hija prestada. Siento que es como el verano siguiente de las clases de natación cuando no he olvidado lo que me enseñaron el año anterior. Siento que me sé todas las respuestas y que las quiero decir con la mano levantada en la carpeta de la primera fila, pero que hay una recién nacida que prefiere a la alumna que acaba de entrar al salón y que está en proceso de aprendizaje. 

Entonces, guardo mi energía para una segunda etapa. Para cuando los padres me necesiten y puedan depositar en mi toda su confianza, porque ya pasé la prueba maternal. Ya aprobé, ya me dieron mi diploma. Y lo mejor de todo, sin haber jalado, sin haber llevado nivelación ni quinta nota. Sin haber triqueado (yo, jamás).

Yo solo miro el futuro y sonrío.

Una serie de eventos desafortunados (cuando la realidad sobrepasa a la ficción y a la fricción)

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Una serie de eventos desafortunados (cuando la realidad sobrepasa a la ficción y a la fricción)

En la vida de una familia, como en todo, de vez en cuando las situaciones nos retan. Unas más que otras.
Resulta que a finales de agosto empezaron a acontecer una serie de eventos desafortunados, como la película esa que no he visto. Y acá voy a comenzar a enumerar, mientras tengo mis audífonos de música Relax de Spotify intentando darme creatividad para maquillar la lista ridículamente tonta e irrelevante, que por solitario podríamos reírnos, pero que si juntamos, tal como nos está sucediendo, causan estrés, nos prueban día a día, nos hacen sentir como en The Truman Show, donde yo soy Truman pero sin show, sin reality, sin espectadores.

Y acá va como primer acontecimiento desafortunado, ese que relata cuando la nana sale de casa un día cualquiera, un lunes cualquiera, esos de los que ni merecen existir, y lamentablemente mete la pata. Literalmente. En uno de los baches que la construcción de al lado ha dejado al libre albedrío de cualquier despistado, como para que metas la pata bien, que te la dobles, y te fisures el peroné, como le pasó a ella. Finalmente no es nada grave. Su lesión pronto sanará y todos nos reiremos juntos de esto, mirando al pasado con una copa de vino blanco en la mano y comiendo trufas de chocolate.

Lo que es grave es mi mente y todo las malas vibras que debo haber enviado en ese momento a la construcción, su ingeniero, a quien otorga las licencias municipales y todos sus familiares.

Siguiente escena: caos.

Luego, nos calmamos, respiramos, pensamos. Gracias a Dios somos aún seres pensantes. Y bueno, luego de que la nana fue al doctor, obtuvimos un yeso y descanso médico que esperamos acabe algún día!

Ya con esto, que nos saca ligeramente de nuestra zona de confort, empezamos a hacer malabares para cumplir con el colegio, el trabajo de ambos padres, y los cuidados que el niño merece. Vamos bien, sobreviviendo. Ya. Está bien. “Qué exagerada eres” puedes estar pensando. “Qué tanta vaina para eso quieres hijos”. Ok. De acuerdo, siempre he pensado que uno y una familia debe poder demostrarse a sí mismos que uno puedo solo y sin ayuda porque no hay mayor cosa que una buena coordinación no pueda hacer.

Ok. Seguimos.
Segundo acontecimiento. Justo cuando empezábamos a acomodarnos a la idea de que no teníamos a la nana por varios días, resulta que se mete un bicho atrevido y des ubicado al oído de mi hijo y nos golpea con una otitis. Mala noche, visita al doctor, desorden de rutina, etc. No importa. Seguimos. Lo bueno es que no hay nada grave y que se recupera rápido.

Tercer acontecimiento y no por ello menos importante, el ascensor se malogró. Y no es que anecdóticamente alguien se haya quedado dentro y cuando lo rescataron pudimos seguir usándolo. No. No funciona. Usa las escaleras por siempre y para siempre. 5 pisos más un sótano. Positivamente pienso que hago más ejercicio. Siempre, menos cuando bajo al carro a buscar un domingo a las 7 de la mañana la mochila de Transformers y llego al sótano y no tengo la llave. Ahí deja de ser deporte para ser un evento desafortunado. Uno más.

Y en el camino, entre idas y venidas, entre días y noches atareadas, agotadoras pero muy simpáticas en la intimidad de una familia de tres que disfruta su casa desordenada pero feliz, aparecían ciertos síntomas de la otitis, por ejemplo, que íbamos poco a poco controlando. Se iba manejando todo bien. Y justamente un viernes en la noche, cuando estábamos a punto de relajarnos, de disfrutar de una noche tranquila sin prisas, apareció uno de los hechos que me remontó a mi niñez. 

Sacó de mí ese estrés maligno de cuando las profesoras del colegio me miraban mal, con cara de que yo era una delincuente. Ese estrés y culpa que me hacía decir “mamá, no quiero ir al colegio” y peor aún: “mamá llévame a cortarme el pelo”. Hoy me río. Hoy pienso en qué paupérria inteligencia  emocional de dichas profesoras. 

Y bueno, a qué lleva todo esto? a que los piojos llegaron a mi vida, a mi familia. A mis sábanas, a mi ducha, a la cabeza de mi hijo. Otra vez más, CAOS. Y la acción fue inmediata. Mi esposo cogía una linterna y yo las tijeras. Hasta que empezamos a razonar. Él buscaba por internet, yo en la cabeza de mi hijo. Él usaba la linterna para buscar mejor mientras mi hijo dormía y yo preguntaba al pediatra y me comunicaba con las mamás del colegio. Muchas me dieron calma. Me ayudaron a no sentirme una marciana, a no sentirme Tarzán en la ciudad. A no sentirme el tío Cosa infectado en una pasarela  de Milán. Y Luego yo me quedaba dormida.

La mañana siguiente fue maratónica. Compré shampoo anti piojos. Lo apliqué en el pelo de mi hijo, en el mío. Mi esposo también lo hizo. Busqué y rebusqué. Saqué toda la ropa de cama, toallas, pijamas, peluches. Los puse en la cola de la lavandería de mi casa, que es enana, para lavarlos en agua caliente poco a poco.

Escribo todo esto y me agoto. Y luego mi cuerpo creo que brotó con un llamado de estrés porque me dio dolor de cuello, de cabeza, de garganta. Y luego ya me curé. Continúo aplicando el shampoo en mí, más de la cuenta, más de lo que dicen las instrucciones. Pero no quiero perder más pelo del que ya perdí. En cuatro días debo volver a aplicar el shampoo en todos. El peine. Lavar todo. Otra vez.

Con este y todos los acontecimientos desafortunados me despido. A punto de pasarme el huevo, bañarme en ruda, tocar madera.

Imagen de favim.com