Mi inmersión en el mundo del juego de la niñez y mi fracaso como adulta que ya no juega para vivir

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Revisando el Facebook, el Centro Vinculare  posteó esta imagen de María Celeste Blanch.

Y noto que habla del juego con movimiento físico. Más allá de todos los beneficios, me quedo pensando en estas dos palabras. 

Obviamente parte de los padres. El estilo de vida es familiar, es parte de una dinámica que se extrapola desde cada miembro de la familia, y evidentemente en mayor medida de parte de los adultos.

Parte de nosotros mostrar al juego como opción dentro de casa, que se vea como una actividad común, regular y muy accesible. Es una ardua tarea. Lo sé porque soy mamá de un niño muy activo de cuatro años y cuando llego cansada del trabajo, es más fácil solamente pasar lista a las cosas de la rutina, que sentarse en el piso a jugar con rompecabezas, o corretear por la casa con las escondidas, o mover el esqueleto en cualquier acción más dinámica que solo mover el dedo con el celular.

Recuerdo mis momentos de juego de niña, sola, con mi hermano o con primos, y en los tres obtenía dinámicas muy divertidas que desenvolvían mundos completos con roles específicos que muchas veces llevaban a la risa y a la exploración continua.

Hoy, cuando tengo la oportunidad de ver este desempeño en mi hijo, simplemente observo anonadada e intervengo si es que soy invitada. Me divierte verlo divertirse. Aprendo viéndolo aprender con el disfrute. Y me sorprendo de las relaciones lógicas que va teniendo espontáneamente. Y lo más loco de todo, me doy cuenta lo mucho que perdemos al crecer, al volvernos esos adultos aburridos que ya necesitan “ir al banco” (yo tengo una teoría no desarrollada que explica que cuando una persona tiene que ir al banco a realizar transacciones, ya cruzó el umbral de la inocencia, de la belleza juvenil-infantil, para convertirse en un ser con responsabilidades monetarias de algún tipo, así no se trate de dinero propio). 

Llegar a la adultez, hablaré desde mi punto de vista y desde mi experiencia, y evidentemente desde mi forma de ser (control freak y chancona sin querer serlo), me lleva a un mundo con tantas cosas por hacer, que reduje mis momentos de juego a muy poco. Es tan ridículamente pequeño que hasta podría confundir mi momento de juego con mi momento de deporte. Y no lo es! Son distintos. Porque hasta el momento del deporte está planificado.

Y escribiendo estas líneas recuerdo vagamente la idea de un artículo que alguna vez leí en Facebook acerca de lo que uno debe hacer por sus hijos, sobre todo en casa. Lástima que no tengo el nombre de la autora (que era mujer). Pero me quedó marcado, tanto que incluso lo comenté con mi esposo, que no es tarea de los padres entretener a los niños. Es tarea propia de ellos mismos, y de su imaginación explorar su pequeño mundo para encontrar la actividad, el objeto y el tema deseados para jugar. Y no se refería a no participar, ojo! Sino, a no convertirse uno en animadora de programa infantil lleno de colores fosforescentes para mantenerlos ocupados y sin espacio para usar sus propios recursos mentales y físicos.

Volviendo a la idea inicial entonces, de los juegos que impliquen un movimiento físico, es decir, quedan fuera los aparatos electrónicos, menciono entonces un post en Facebook de una página que no recuerdo una vez más, que mencionaba “mientras menos cosas haga un juguete, mayores cosas hará la imaginación de tu hijo”.

  

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