Archivos Mensuales: marzo 2016

Mi inmersión en el mundo del juego de la niñez y mi fracaso como adulta que ya no juega para vivir

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Revisando el Facebook, el Centro Vinculare  posteó esta imagen de María Celeste Blanch.

Y noto que habla del juego con movimiento físico. Más allá de todos los beneficios, me quedo pensando en estas dos palabras. 

Obviamente parte de los padres. El estilo de vida es familiar, es parte de una dinámica que se extrapola desde cada miembro de la familia, y evidentemente en mayor medida de parte de los adultos.

Parte de nosotros mostrar al juego como opción dentro de casa, que se vea como una actividad común, regular y muy accesible. Es una ardua tarea. Lo sé porque soy mamá de un niño muy activo de cuatro años y cuando llego cansada del trabajo, es más fácil solamente pasar lista a las cosas de la rutina, que sentarse en el piso a jugar con rompecabezas, o corretear por la casa con las escondidas, o mover el esqueleto en cualquier acción más dinámica que solo mover el dedo con el celular.

Recuerdo mis momentos de juego de niña, sola, con mi hermano o con primos, y en los tres obtenía dinámicas muy divertidas que desenvolvían mundos completos con roles específicos que muchas veces llevaban a la risa y a la exploración continua.

Hoy, cuando tengo la oportunidad de ver este desempeño en mi hijo, simplemente observo anonadada e intervengo si es que soy invitada. Me divierte verlo divertirse. Aprendo viéndolo aprender con el disfrute. Y me sorprendo de las relaciones lógicas que va teniendo espontáneamente. Y lo más loco de todo, me doy cuenta lo mucho que perdemos al crecer, al volvernos esos adultos aburridos que ya necesitan “ir al banco” (yo tengo una teoría no desarrollada que explica que cuando una persona tiene que ir al banco a realizar transacciones, ya cruzó el umbral de la inocencia, de la belleza juvenil-infantil, para convertirse en un ser con responsabilidades monetarias de algún tipo, así no se trate de dinero propio). 

Llegar a la adultez, hablaré desde mi punto de vista y desde mi experiencia, y evidentemente desde mi forma de ser (control freak y chancona sin querer serlo), me lleva a un mundo con tantas cosas por hacer, que reduje mis momentos de juego a muy poco. Es tan ridículamente pequeño que hasta podría confundir mi momento de juego con mi momento de deporte. Y no lo es! Son distintos. Porque hasta el momento del deporte está planificado.

Y escribiendo estas líneas recuerdo vagamente la idea de un artículo que alguna vez leí en Facebook acerca de lo que uno debe hacer por sus hijos, sobre todo en casa. Lástima que no tengo el nombre de la autora (que era mujer). Pero me quedó marcado, tanto que incluso lo comenté con mi esposo, que no es tarea de los padres entretener a los niños. Es tarea propia de ellos mismos, y de su imaginación explorar su pequeño mundo para encontrar la actividad, el objeto y el tema deseados para jugar. Y no se refería a no participar, ojo! Sino, a no convertirse uno en animadora de programa infantil lleno de colores fosforescentes para mantenerlos ocupados y sin espacio para usar sus propios recursos mentales y físicos.

Volviendo a la idea inicial entonces, de los juegos que impliquen un movimiento físico, es decir, quedan fuera los aparatos electrónicos, menciono entonces un post en Facebook de una página que no recuerdo una vez más, que mencionaba “mientras menos cosas haga un juguete, mayores cosas hará la imaginación de tu hijo”.

  

Nuestro día de suerte

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mi día de suerte

Hoy el tráfico ha estado terrible.

O sea, me levanto muy temprano para ir a hacer deporte hasta las 6 am. Luego regreso y ya estoy muy despierta para alistarme a mí y a mi hijo de 4 años para ir al colegio. Pero algo en mí dice que debe acabarse la leche de almendras (porque claro, se la he preparado yo). Entonces, la taza de Mickey debe quedar vacía. Y como tiene él mucha paciencia, demora y demora y yo solo veo el reloj sonrientemente y le digo “apúrate”.

Pero a la vez pienso, si se acaba de levantar, por qué tendría que tomarse la leche de almendras tan rápido? Entonces, como Peppa y George nos acompañan en la mesa, nos reímos un rato los cuatro. Y sobre todo, cuando que George solo dice “Dinosaurio” como respuesta a las preguntas más importantes.

 

Y llega el momento de salir. Entonces apuramos el paso y subimos él, yo y los diversos paquetes al carro: mi laptop, mi cartera (que pesa), a Peppa, a George, la lonchera del colegio, el bolso del libro de la biblioteca, el termo del jugo de frutas. Y con todo eso y el cinturón puesto, salimos al colegio.

Ponemos música, claro, para relajarnos. Respiro con el abdomen, de manera profunda, como en el yoga, para estar lo más tranquila posible. Tanto así que cuando llego al punto medio del camino y los carros no avanzan y además decido tomar el peor camino, nada pasa! Seguimos enteritos los 4. Incluso cuando Waze no reacciona, todo tranquilo! Porque es miércoles de Semana Santa y es como si fuera viernes. Entonces voy advirtiendo al pasajero más lindo que probablemente (aunque dentro de mí lo aseguro), vamos a llegar por la puerta de vidrio, donde llegan los niños que pasan las 8:00 en punto. Donde la otra profesora los lleva al salón. Esto para que vaya asumiendo que no tendremos despedida romántica en la puerta del salón.

Y cuando todo parecía estar ya perdido, pero siempre con una sonrisa, el Señor del cielo nos bendijo dejándonos abierta la otra puerta. La de los niños que llegan temprano, caminando, con sus papás, relajados, sin correr. Y es recién cuando entramos al colegio y nos damos cuenta de que la luz en el túnel todavía existe, cuando mi hijo me dice “mamá, chócala” (o sea give me five!). Qué felicidad! Es nuestro día de suerte! Entonces, tuvimos la hermosa oportunidad de estar cinco minutos más juntos, de hacer pila en el baño (él, porque yo luego sufrí un poco), de lavarse las manos, de abrazarnos en la puerta del salón mil veces y de decir “que te vaya lindo hoy”.

Hemos prometido que luego de los días libres, este niño se levantará un poquito más temprano, para no tener estos estreses locos y matutinos.

Contar lo que me pasó de regreso, que necesitaba hacer pila en el tráfico yendo al trabajo, no es nada! Cero preocupaciones, porque todo salió bien.