¿Cómo lo vamos a llamar?

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Estoy segura que la gran mayoría de mujeres, así como seguramente sueña con casarse como princesas, también se pasa la vida recolectando nombres para sus futuros hijos.

En mi caso, no era tanto lo primero, pero sí lo segundo, lo que me pasó. Desde mi adolescencia me la pasé apuntando nombres que me parecían interesantes para reservarlos en absoluto secreto hasta el día en que mis hijos llegaran. El problema fue que jamás guardé los papelitos.

Entonces, cuando el momento de la elección del nombre llegó, Renato y yo pensamos bastante al respecto. Intentamos buscar en la vida real y no en los cuentos de hadas, nombres que nos gusten, que nos parezcan originales y sobre todo, que no se repitan demasiado en la generación de nuestro hijo -cosa que no sabremos hasta que conozcamos más niños de su edad-. Teníamos 2 opciones que por poco no llegaban a emocionarnos del todo, que no hacían sonar las campanas de nuestro corazón, ni que hacían dilatar nuestros iris al pensar en ellos.

Pero fue en una playa mexicana, donde pasábamos la luna de miel, cuando una vez más el fútbol mandó una respuesta acertiva a nuestras vidas. Renato se fue a jugar un partido de fútbol playa con pequeños participantes de varias partes del mundo, mientras yo disfrutaba de unos baños de sol envidiables, en una arena blanquísima y con una vista perfecta del mar azul. Fue allí donde un niño argentino demostró grandes habilidades con la pelota, aspecto que Renato intentó elogiar diciéndole “Te pareces a Messi”. Pero la respuesta de esta pequeña criatura fue “No, yo soy Fausto”.

Con tremenda seguridad en sí mismo y la poca necesidad de imitar y parecerse a uno de los mejores jugadores de fútbol del mundo, el pequeño Fausto le regaló a Renato el nombre de su hijo. Acabado ya el partido, mi acompañante me fue a buscar diciéndome con una gran sonrisa “ya tengo el nombre”, y me contó la anécdota. Y claro, yo tampoco me pude resistir. A pesar de que no acepté demasiado rápido, sí mostré mi afinidad por la fuerza del nombre y por la inteligente respuesta del niño que se cruzó con Renato para dejarle esta opción que finalmente selló a la personita que llevaba dentro.

De regreso a Lima, ya no traíamos a un NN, sino a Fausto, que crecía día y noche luego de también haber tomado sol en el Caribe, conmigo y su papá.

 

 

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