Abrir el ojo a las 6 am es un chancay!

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Llega el momento de la verdad. De pronto el hijo ya va al colegio y te viene a la mente la advertencia que te hicieron en el nido de “ahí tiene que llegar temprano”. Es entonces cuando mi ánimo de madre empeñosa se resetea para lograr el objetivo: llegar a la hora, temprano, a la puerta del salón.

Y empieza el trabajo como de atrás para adelante. Y la conclusión en esta parte de la vida, para una madre como yo que se encarga de la logística matutina para salir de casa hacia el colegio, es primero alístate tú madre, ten el desayuno listo y luego, recién en ese momento, prepara al niño.

Entonces calculen unos 40 minutos a paso de atleta para salir de la cama, dejar el desayuno listo, preparar la lonchera (que ojo esta es sin pensar, obedeciendo al cuadro semanal), meterme a la ducha, cambiarme, peinarme para poder tener los 6 sentidos con el peque.

Gran aguante y esfuerzo les digo, pero como la victimización jamás es un camino, siempre me puse a pensar en todas las familias del mundo que hacen lo mismo que yo. Podríamos decir que todas ellas con niños en edad escolar, sobre todo los más pequeños, se adaptan a este tipo de ritmo cardiaco casi, pero que se vive con amor, motivación y pasión. 

Ya he dicho yo que es uno de mis momentos favoritos del día.

De lunes a viernes me despierto a las 6 am y quiero confesar que es cansador, pero soy muy feliz. 

Y recién con esta experiencia me di cuenta de lo común que es esta práctica en tantos padres y madres y sobre todo, sentí en mí un gran reconocimiento a todas las mamás y papás que se organizan para ser acompañantes activos en el desarrollo de su hijo como motivadores de los niños para vivir cada día de manera distinta al anterior de manera especial. Y al decir común no sentí ser una más del montón, si no, sentí una pertenencia a una comunidad que empuja hacia adelante y que da ánimos sin siquiera hablar.

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Receta para desayuno de domingo con niños

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Llega el domingo para estar tranquilos en casa y abro el ojo cuando mi hijo me despierta temprano a pedir desayuno porque tiene hambre. 

Y cuando le provoca, preparamos panqueques de quinua y avena, una receta que nos inventamos para no usar haría blanca.

Y la receta va así:

– mezclas en un bowl 1/2 taza de harina de quinua y 1/2 taza de avena 

– añades 1 huevo y mezclas

– añades 1 taza de leche (funciona con la de almendras o arroz o también de vaca)

– mezclas y con un poco de aceite de coco fríes en la sartén.

– le puedes añadir miel de abeja cuando ya está listo y mucha fruta.

Es muy fácil. Y lo mejor de todo esto es que la preparación de la mezcla la puede hacer un niño sin problema. Pero claro, luego el adulto debe hacer la tarea con la sartén.

Qué ricos son los domingos!!!

Lava tu plato

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Lava tu plato

Cómo haces para que tu hijo de cinco años quiera lavar el plato en el que comió torta de cumpleaños y luego te diga “para que no lo tengas que lavar tú”.

Acá es cuando hago check al pendiente.

Mamá, quiero lavar mi plato

Busco nana

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Busco nana

Desde que fui mamá y desde que tuve que buscar una nana que ha permanecido con nosotros por más de cinco años, de vez en cuando recibo preguntas de embarazadas acerca de cómo empezar esta búsqueda.
Me acuerdo de mí misma sin panza cuando no imaginaba una nana en mi vida. Y recuerdo que cuando estaba embarazada busqué yo misma el consejo de una reciente mamá en mi trabajo, a quien le pregunté desde cuánto pagas, hasta horarios y beneficios. Y confieso que me sirvió tremendamente.

Hoy, cuando alguien me pregunta me acuerdo de que yo tampoco sabía por dónde empezar, y por eso me atrevo a comentar algunas variables que podrían orientar a las mamás que buscan ayuda para cuidar a la persona más importante.

Hay que entender que no hay opción correcta, o no hay mejores opciones. Cada madre, cada bebé y cada dinámica familiar tienen una fórmula distinta con diferentes dosis de elementos. Así como mi dieta y mi régimen de ejercicios puede no convenirle a mi vecina, pues mi dinámica con la nana no tiene por qué ser la misma que la de mi hermano con la suya.

Empieza por preguntarte si realmente necesitas una nana o si puedes resolverlo con una guardería. Esta es un opción de algunas personas que conozco y les va muy bien porque versus el cuidado en casa de un bebé, sobre todo para los primogénitos, la guardería representa una sociabilización que entrega algunos beneficios como independencia y aprendizaje de algunas reglas de comunidad. 

Muchas guarderías tienen cámaras que se pueden monitorear en tiempo real. Es interesante también porque delimita claramente el tiempo en que la mamá o el papá deben estar desocupados, es decir, te saca de la oficina, cosa que cuando tienes un bebé, es positivo. 

Y bueno, la guardería tiene varios otros etcéteras que sería cuestión de explorar cuando el momento de la elección se encuentre cerca. 

Y como la escolarización, querámoslo o no, es temprana, se estima un paso por este lugar de aproximadamente 3-4 años. Ojo, no soy educadora ni psicóloga, soy mamá.

Y luego nuestro el desglose de variables en función a la contratación de una nana:

Qué tipo de horario prefiero? Cama afuera o cama adentro? (Y más allá de que la necesidad de una nana pueda estar en cuestionamiento, al vivir en una sociedad donde ponemos hijos en nuestro camino y los tiempos de los padres y niños no concuerdan más que nada, días de semana) resulta que la necesidad es real sobre todo, cuando la madre trabaja fuera de casa.

Entonces, la elección va en función a cuánto tiempo quiero tener a una nana en la casa, la voy a necesitar realmente tantas horas, quiero que siempre duerma en casa? Tiene ella familia? Si tiene familia lo más probable es que lo mejor sea que no se quede a dormir. 

Y otra variable relacionada es el tamaño de la casa. Si es un depa chico, por más que necesites una persona de ayuda cama adentro, es complicado para todos. La libertad, mientras más pequeño el espacio, más extrañada es. Yo me imaginaba desde caminar por casa como Dios me trajo al mundo o pelearme tranquila con mi esposo, cuando se requiera, entre otros temas, que difícilmente podría concretar al 100%.

Y en relación con este punto, es importante la flexibilidad que podríamos pedirle a la persona que nos va a ayudar, cosa que debe tantearse o preguntarse el día de la entrevista. O sea, es factible siempre tener soluciones puntuales de que se quede a dormir si es que no suele dormir en casa. Con una paga adicional acordada previamente y la fecha también conversada, una nana cama afuera podría ayudarnos esa noche que necesitamos salir, o por esa enfermedades que nos mandan a la cama por dos días, por ejemplo.

Es básico tener en cuenta que así como podemos pedir flexibilidad, nos la pueden pedir también a nosotros. Es decir, como en nuestros trabajos, es bueno tener en cuenta que también necesiten horas o días libres para resolver temas puntuales como salud, familiares, etc. lo digo por si acaso.

Luego tenemos los horarios de trabajo diario. Cuando se trata de cama afuera, es importante visualizarnos como madres y preguntarnos si es que vamos a necesitar que llegue 7 am? 8 am? Hasta qué hora? Y los sábados? Hasta las 2 pm? O sin ellos?

Mi decisión, si es que sirve como ejemplo, fue sábados hasta las 2 pm, porque al ser una mamá que trabaja, los sábados sirven para estar en familia, pero también para aprovechar ir al banco, a la peluquería, hacer deporte, a la costurera, o lo que sea que vayas a necesitar. Es un alivio tenerlo.

Además, hay un punto importante cuando se busca una ayuda de este tipo. Existen nanas que solo son nanas (como si fuera poco), y hay también nanas que pueden ayudar en hacer algunas tareas de la casa, como cocinar. Esto ya depende de la comodidad de todos los involucrados y probablemente de si existe la posibilidad de tener ojos extras como los abuelos por ejemplo. Cuando se llega a un acuerdo con una nana que hace algo más en la casa, es cuestión de establecer si se dará un pago adicional. 

Sobre los beneficios que debe entregar todo conforme a ley: seguro de salud, pensión, gratificación, CTS, y vacaciones.

Para enamorarse de los libros desde pequeño

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Mi hijo cumplió cinco años hace poco. No recuerdo con claridad cuándo fue que empezamos a leerle libros o cuentos, pero fue hace mucho. 

Si es que lo hicimos de bebé no lo tengo tan en mente, pero se me viene un recuerdo de cuando estuvo en el nido, a los dos años, donde tenían la dinámica de la biblioteca. Cada jueves los pequeños escogían y llevaban un libro a casa y debía ser devuelto el lunes.

Y por supuesto si mi hijo llega a casa con un libro que él ha escogido y que debía devolver en pocos días, obviamente que había que preguntar de qué se trataba, abrirlo, olerlo, leerlo. Mirar sus ilustraciones. 

Me despertaba una gran curiosidad pensar con qué criterios mi hijo de dos años podría estar escogiendo libros. Me despertaba mucha ternura descubrir que era capaz de entrar en una dinámica de préstamos de biblioteca, que aunque sea de un nido, era nueva y de alguna manera lo llevaba a la posibilidad de entender cualquier biblioteca del mundo.

Luego, en el colegio, en la etapa pre escolar aún, continuó la biblioteca. Mucho más grande y con más opciones probablemente para escoger. Continuó funcionando.

En algún momento, en un verano, una amiga mía le prestó a mi hijo la colección “Había una vez un niño” del autor británico, Oliver Jeffers. 

Cuando descubrimos los cuentos, las ilustraciones, la creatividad, la ternura, los personajes y los guiños que tiene el autor entre sus cuentos, mi hijo y yo lo empezamos a amar.

En esta colección encontramos tres cuentos muy recomendables: 1.- Perdido y encontrado; 2.- Cómo encontrar una estrella; y 3.- De vuelta a casa. Cada uno más encantador que el otro. 

Resulta que luego de devolver los tres ejemplares a mi amiga, que no era la biblioteca pero nos abrió un mundo por descubrir en papel, letras y dibujos; mi hijo buscó a Jeffers en la biblioteca del colegio. Y llevó a casa muchas veces el ejemplar en francés “Perdú, retrouvé” (perdido y encontrado). Lo leímos muchas veces en el año. Y cuando la bibliotecaria y la profesora notaban que mi hijo no cambiaba de libro por muchas semanas, le pedían que lo devuelva y saque otro. Y pues, algunas veces, muchas, mi pequeño volvía con otro título de Oliver Jeffers.

Este post lo tenía pensado hace mucho. Aproximadamente un año. Y lo hago realidad cuando mi amiga, la que me prestó la colección, le regaló a mi hijo el pack de los tres libros. La cara que puso cuando se lo entregó fue un gol de media cancha. Un check enorme a mi afán de colocar la lectura dentro de su vida. Un respiro a cada noche de acostarse con un libro en la cama. Un abrazo a mi gusto por la lectura que lucho por no dejar de lado jamás.

Este post es para todos los que tienen un niño cerca, o dentro al que quieran alimentar de sueños y esperanza. 

Que los libros nunca mueran. 

La foto fue obtenida de: https://www.google.com.pe/search?q=oliver+jeffers+hab%C3%ADa+una+vez+un+ni%C3%B1o&client=safari&hl=es-pe&prmd=ivn&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=0ahUKEwiN7cvPuvXRAhWH2yYKHf38BGkQ_AUIBygB&biw=375&bih=559&dpr=2#imgrc=2IFzFVYEQJm8CM:

Uno de los posts más egoístas que escribiré (soy tía)

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Tengo guardado en mi ese sentimiento de ser madre hace casi 5 años. Ese de tener en mi vientre un bebé que nació de mi, de mi cuerpo, mi sangre, mis células. Sensación que tengo insertada en mí todos los días de mi vida en cada actividad que realice sea donde esté. 

Lo que no tenía, lo que me faltaba, lo que ignoraba por completo era ese rol, que hasta se vuelve un sentimiento, el ser tía. Es como cuando pienso cómo éramos antes del internet.  O sea cuando no sabíamos que existía y nos creíamos seres completos en el sentido de la dependencia hacia una herramienta. Hoy confieso que pataleo antes de asumir que a veces el internet puede no dar lo mejor de sí.

Pero no me desviaré en tocar temas domésticos materiales (que by The way sin internet no podría publicar este post). Me centraré en comentar lo profundamente genial que se siente experimentar el tiazgo (si es que esa palabra existiera, no lo sé) que vendría a ser el paralelo a maternidad, en un grado menor de familiaridad con el bebé.

Pero qué tanto? Si “tía” ya era? Claro que sí, de los hijos de mis primas hermanas, De los hijos de mis amigas. Pero queridos, no seamos hipócritas, no comparemos. Lo que nunca había sido, de lo que no me había percatado antes, o lo que incluso había hasta subestimado (sí, en serio), era el tener un sobrino que me haya dado un hermano mío (era mi única opción pues sólo somos dos). Y en mi caso no es solo eso, sino también es el hijo de mi amiga del colegio. O sea, debería estar encadenada en la clínica en estos momentos no? (Confieso que estoy a punto de volver a conocer a la pequeña y decirle “hola! Bienvenido al mundo cruel, lleno de tráfico y combis, pero también de  naturaleza y gente buena”).

Y me pongo a pensar que ser tía de sangre, luego de ser madre, es como pensar en chorrear el instinto maternal que ya conozco muy bien en una hija prestada. Siento que es como el verano siguiente de las clases de natación cuando no he olvidado lo que me enseñaron el año anterior. Siento que me sé todas las respuestas y que las quiero decir con la mano levantada en la carpeta de la primera fila, pero que hay una recién nacida que prefiere a la alumna que acaba de entrar al salón y que está en proceso de aprendizaje. 

Entonces, guardo mi energía para una segunda etapa. Para cuando los padres me necesiten y puedan depositar en mi toda su confianza, porque ya pasé la prueba maternal. Ya aprobé, ya me dieron mi diploma. Y lo mejor de todo, sin haber jalado, sin haber llevado nivelación ni quinta nota. Sin haber triqueado (yo, jamás).

Yo solo miro el futuro y sonrío.

Una serie de eventos desafortunados (cuando la realidad sobrepasa a la ficción y a la fricción)

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Una serie de eventos desafortunados (cuando la realidad sobrepasa a la ficción y a la fricción)

En la vida de una familia, como en todo, de vez en cuando las situaciones nos retan. Unas más que otras.
Resulta que a finales de agosto empezaron a acontecer una serie de eventos desafortunados, como la película esa que no he visto. Y acá voy a comenzar a enumerar, mientras tengo mis audífonos de música Relax de Spotify intentando darme creatividad para maquillar la lista ridículamente tonta e irrelevante, que por solitario podríamos reírnos, pero que si juntamos, tal como nos está sucediendo, causan estrés, nos prueban día a día, nos hacen sentir como en The Truman Show, donde yo soy Truman pero sin show, sin reality, sin espectadores.

Y acá va como primer acontecimiento desafortunado, ese que relata cuando la nana sale de casa un día cualquiera, un lunes cualquiera, esos de los que ni merecen existir, y lamentablemente mete la pata. Literalmente. En uno de los baches que la construcción de al lado ha dejado al libre albedrío de cualquier despistado, como para que metas la pata bien, que te la dobles, y te fisures el peroné, como le pasó a ella. Finalmente no es nada grave. Su lesión pronto sanará y todos nos reiremos juntos de esto, mirando al pasado con una copa de vino blanco en la mano y comiendo trufas de chocolate.

Lo que es grave es mi mente y todo las malas vibras que debo haber enviado en ese momento a la construcción, su ingeniero, a quien otorga las licencias municipales y todos sus familiares.

Siguiente escena: caos.

Luego, nos calmamos, respiramos, pensamos. Gracias a Dios somos aún seres pensantes. Y bueno, luego de que la nana fue al doctor, obtuvimos un yeso y descanso médico que esperamos acabe algún día!

Ya con esto, que nos saca ligeramente de nuestra zona de confort, empezamos a hacer malabares para cumplir con el colegio, el trabajo de ambos padres, y los cuidados que el niño merece. Vamos bien, sobreviviendo. Ya. Está bien. “Qué exagerada eres” puedes estar pensando. “Qué tanta vaina para eso quieres hijos”. Ok. De acuerdo, siempre he pensado que uno y una familia debe poder demostrarse a sí mismos que uno puedo solo y sin ayuda porque no hay mayor cosa que una buena coordinación no pueda hacer.

Ok. Seguimos.
Segundo acontecimiento. Justo cuando empezábamos a acomodarnos a la idea de que no teníamos a la nana por varios días, resulta que se mete un bicho atrevido y des ubicado al oído de mi hijo y nos golpea con una otitis. Mala noche, visita al doctor, desorden de rutina, etc. No importa. Seguimos. Lo bueno es que no hay nada grave y que se recupera rápido.

Tercer acontecimiento y no por ello menos importante, el ascensor se malogró. Y no es que anecdóticamente alguien se haya quedado dentro y cuando lo rescataron pudimos seguir usándolo. No. No funciona. Usa las escaleras por siempre y para siempre. 5 pisos más un sótano. Positivamente pienso que hago más ejercicio. Siempre, menos cuando bajo al carro a buscar un domingo a las 7 de la mañana la mochila de Transformers y llego al sótano y no tengo la llave. Ahí deja de ser deporte para ser un evento desafortunado. Uno más.

Y en el camino, entre idas y venidas, entre días y noches atareadas, agotadoras pero muy simpáticas en la intimidad de una familia de tres que disfruta su casa desordenada pero feliz, aparecían ciertos síntomas de la otitis, por ejemplo, que íbamos poco a poco controlando. Se iba manejando todo bien. Y justamente un viernes en la noche, cuando estábamos a punto de relajarnos, de disfrutar de una noche tranquila sin prisas, apareció uno de los hechos que me remontó a mi niñez. 

Sacó de mí ese estrés maligno de cuando las profesoras del colegio me miraban mal, con cara de que yo era una delincuente. Ese estrés y culpa que me hacía decir “mamá, no quiero ir al colegio” y peor aún: “mamá llévame a cortarme el pelo”. Hoy me río. Hoy pienso en qué paupérria inteligencia  emocional de dichas profesoras. 

Y bueno, a qué lleva todo esto? a que los piojos llegaron a mi vida, a mi familia. A mis sábanas, a mi ducha, a la cabeza de mi hijo. Otra vez más, CAOS. Y la acción fue inmediata. Mi esposo cogía una linterna y yo las tijeras. Hasta que empezamos a razonar. Él buscaba por internet, yo en la cabeza de mi hijo. Él usaba la linterna para buscar mejor mientras mi hijo dormía y yo preguntaba al pediatra y me comunicaba con las mamás del colegio. Muchas me dieron calma. Me ayudaron a no sentirme una marciana, a no sentirme Tarzán en la ciudad. A no sentirme el tío Cosa infectado en una pasarela  de Milán. Y Luego yo me quedaba dormida.

La mañana siguiente fue maratónica. Compré shampoo anti piojos. Lo apliqué en el pelo de mi hijo, en el mío. Mi esposo también lo hizo. Busqué y rebusqué. Saqué toda la ropa de cama, toallas, pijamas, peluches. Los puse en la cola de la lavandería de mi casa, que es enana, para lavarlos en agua caliente poco a poco.

Escribo todo esto y me agoto. Y luego mi cuerpo creo que brotó con un llamado de estrés porque me dio dolor de cuello, de cabeza, de garganta. Y luego ya me curé. Continúo aplicando el shampoo en mí, más de la cuenta, más de lo que dicen las instrucciones. Pero no quiero perder más pelo del que ya perdí. En cuatro días debo volver a aplicar el shampoo en todos. El peine. Lavar todo. Otra vez.

Con este y todos los acontecimientos desafortunados me despido. A punto de pasarme el huevo, bañarme en ruda, tocar madera.

Imagen de favim.com